Iom Hakipurim comienza el 10 de Tishrei. (Vaikrá, Levítico, XXIII: 26-32).
Con la puesta del sol, después de la Seudát Hamafseket (la última comida antes del ayuno), se impone una atmósfera diferente que abarca al hogar y a la comunidad.
Este día marca la culminación de los Aseret Iemei Teshuva (los diez días de arrepentimiento, así se denominan a los días que van desde Rosh Hashaná hasta Iom Kipur).
De todas las festividades judías ninguna reviste un carácter tan particular como Iom Kipur.
La profundidad de su sentido y la austeridad de su celebración hacen de ella una fiesta sin igual. Se dejan de lado todas las ocupaciones y preocupaciones. Veinticinco horas de ayuno absoluto y oficios religiosos absorben todo el día.
El secreto de Iom Kipur radica en que es un reencuentro simultáneo con nosotros mismos, nuestro pueblo y nuestro Dios.
En la mayoría de los Batei Kneset del mundo se ve la misma escena: los hombres con sus Talitot sumidos en la oración y pensamientos profundos.
Si un transeúnte se detiene unos instantes a observar esta escena, podría pensar que todos los presentes son gente arrepentida.
Pero lo que aparenta ser no siempre muestra la realidad.
A menudo nos cubrimos de un envoltorio que a la larga nos va tapando y no nos permite ver quienes somos realmente.
Iom Hakipurim es un día que nos moviliza porque nos invita a quitarnos ese envoltorio. A mirarnos al espejo. A ocuparnos de nosotros.
La Torá nos enseña a no engañar al prójimo.
El Jasid – dice el Rabí Bunam – es alguien que no sólo no engaña al prójimo sino que tampoco se engaña a sí mismo.
En Iom Hakipurim todos estamos obligados aunque sea por una vez en el año, por una noche, por unas horas a ser Jasidim, y a no engañarnos a nosotros mismos.
Iom Hakipurim nos invita a confrontamos con nuestra propia auto imagen, sólo así podemos iniciar el primer paso de una verdadera Teshuva.
|